malecón

Diciembre al son del cine cubano

Jue, 12/14/2023

Antes que todo, prometo dedicar otros dos textos similares a este, a recomendar lo mejor de la competencia latinoamericana, y del Panorama Internacional, pero primero comienzo por casa, y con la anuencia de Juventud Rebelde, quiero invitar a ver algunos de los más importantes filmes dirigidos por cubanos, o por extranjeros en la Isla. Tal vez la película nacional más reconocida antes de llegar a esta competencia, sea La mujer salvaje, ópera prima de Alan González, que finalmente llega a nuestras pantallas tres meses después de ser elegida en sus nóminas por el muy selectivo Festival de Toronto, y una semana después de triunfar en el festival de cine latinoamericano de Ceará (Brasil) donde conquistó los premios a la mejor película, actuación femenina (Lola Amores) y sonido.

Barrios vulnerables de Marianao o La Lisa sirven de escenario a este arduo, dramático viaje de una mujer, a veces grosera y errática, pero sin dudas martirizada por sus circunstancias, y redimida de toda culpa gracias al amor incondicional por su hijo, que apartaron de ella. Ni forzadamente representativa ni mucho menos extraviada en búsquedas formales tal vez estériles, la película es directa y realista, con una cámara quizá ansiosa por retratar fragmentos que versionen artísticamente lo que estamos viviendo hoy en cualquier ciudad cubana. Inmensa en sus gritos y susurros está Lola Amores, y sería una pena que los jurados encargados de conferir el premio de actuación la ignoren, solo porque está en la competencia de óperas primas, que no entrega premios de actuación.

En esa misma competencia, restringida a las primeras películas, figura la coproducción con Italia, en deslumbrante blanco y negro, Los océanos son los verdaderos continentes, debut de Tommaso Santambrogio, quien realizó en San Antonio de los Baños, con intérpretes naturales, y con la colaboración de la Escuela Internacional de Cine y TV, este largometraje episódico, de parsimoniosa y fragmentaria narración, a medias entre el documental y la ficción. Se cuentan tres historias, las dos primeras marcadas por la inminencia de la despedida ante la emigración de uno de los personajes, y la tercera protagonizada por una anciana aferrada a la memoria de su cónyuge muerto hace años. Así, entre la nostalgia y la añoranza, trascurre esta película triste y deslumbrante que nos regaló Santambrogio.

Y si los jurados de la competencia de ficción es posible que nunca vean a Lola Amores en La mujer salvaje ni en Los océanos… (donde desempeña un pequeño papel, el de la madre de uno de los niños empujado al exilio), de todos modos se pueden apreciar las sutilezas e indiscutible versatilidad de la actriz cuando se enfrenten a Una noche con los Rolling Stones, el segundo y esperado largometraje de Patricia Ramos, luego de impresionar, a miles de espectadores, dentro y fuera de Cuba, con la recordada El techo (2016).

Ramos regresa aquí, aunque nunca se apartó demasiado, a la temática femenina, a los sueños incumplidos, las frustraciones y anhelos. Calmada, lánguida, y hasta medio conformista es Rita, una mujer que apenas sospecha, hasta un día, cuán insatisfecha está de su vida cotidiana y del giro que han ido tomando sus relaciones amorosas. Una narrativa pacífica, agridulce, sin sobresaltos melodramáticos de ninguna índole, propone este filme, cuya suavidad y sutileza jamás deriva en intrascendencia, aunque parezca a veces que «no pasa nada». En el fondo, nos está hablando de felicidad personal, relaciones filiales, y de la necesidad de amor y libre albedrío que nos atañe a todos, absolutamente a todos.

En un momento de la mencionada Los océanos…, hay un hermoso homenaje a Ociel del Toa, el magistral documental de Nicolasito Guillén Landrián, y precisamente a este creador excelso se dedica uno de los largometrajes documentales cubanos en competencia: Landrián, de Ernesto Daranas, que recurre a una estética vanguardista, de grafismos, fotomontajes e intelectual edición, para rehabilitar los muchos valores presentes en las obras del singular cineasta. También se registran las búsquedas de Daranas en los archivos para restaurar aquellos enormes documentales, mientras se ilustra detallado mural de la Cuba complejísima de los años sesenta, y se dibuja con trazo integrador, dialógico, la semblanza bastante integral de un autor imprescindible.

Respecto a los largos también destacan, en Latinoamérica en perspectiva, dos que discursan sobre diversidad sexual: Febrero, realizada por cubanos en Estados Unidos y protagonizada por Lily Rentería y Amarilys Núñez en los papeles de dos mujeres que se rencuentran luego de muchos años separadas, y Malecón, que se ambienta en La Habana, y trata sobre el amor mutilado, difícilmente recuperable, de dos muchachos muy jóvenes.

Ya consumí todo mi espacio y solo escribí sobre largometrajes. De modo que me limito a mencionar títulos recomendables, en otros apartados. En cuanto a cortometrajes documentales en competencia destacan, por continuar redescubriendo con responsabilidad y compromiso la Cuba profunda, Al final del camino (Ariagna Fajardo) y Jíbaro (Osmanys Sánchez Arañó), el retrato de un hombre transexual que decide internarse en la manigua para huir de la discriminación que padece, y allí, en soledad, sostiene su estoica resiliencia, y la defensa de su identidad.

En la sección Latinoamérica en Perspectiva, figuran dos largometrajes, ambos documentales, el primero, Aislados, obra coral codirigida por cuatro realizadoras: Maritza Ceballos, Zenia Veigas, Sailín Carbonell y Yoenia Pérez, mientras que Santa Canción es el homenaje de Juan Carlos Travieso al Festival Longina, que ha reunido en Santa Clara diversas generaciones de trovadores.

También quiero destacar, en la sección Latinoamérica en Perspectiva, el documental Todos los días son 8 de Marzo (Lizette Vila, Ingrid León y Sergio Cabrera), y en la sección Vanguardia, Brujo amor, de Orlando Mora, y la coproducción con Bélgica Blue, de Violena Ampudia, ambos sumamente prometedores a juzgar por lo que hemos visto de sus autores.

En fin, que los títulos cubanos pudieran constituir un microfestival en sí mismos, un irradiante núcleo de sentido dentro del otro evento más grande, de alcance latinoamericano y mundial. Sobre todo ello continuaremos hablando en próximos trabajos.

 

Texto tomado del diario  Juventud Rebelde