Akelarre

Entre debutantes y mujeres anda el juego

Mié, 04/21/2021

Mitos, leyendas, romances, música, verdades puras y duras, convergen en cinco películas españolas que he podido ver en el plazo del último mes, más o menos. Si en alguna ocasión se estudian las escasísimas ventajas de esta época pandémica, probablemente salga a la luz el incremento del consumo audiovisual a nivel privado. De pronto, puede ocurrir que en tres o cuatro semanas coincidan en nuestras pantallas caseras, llegadas por diferentes vías, algunas de los largos más notables realizadas, por ejemplo, en España en 2020. 

A juzgar por los resultados de la más reciente entrega de los Goya, Las niñas se anuncia como una propuesta irrecusable. Primero, la premiaron con el Biznaga de Oro como la mejor película española en el Festival de Málaga, y luego, los académicos de aquel país la favorecieron no solo en esa, sino además en las categorías de dirección novel (Pilar Palomero), guion original (escrito por la realizadora) y dirección de fotografía.

Las niñas justifica, escena por escena, cada uno de los reconocimientos que le entregaron. A partir de un relato que mira a fondo una educación castrante y patriarcal, concentrada en fomentar la obediencia y la represión, el filme cuestiona tácitamente el inmovilismo mental, o el silencio paralizante en torno a ciertos temas considerados pecaminosos, inadecuados.

Ambientada en los años 90, Las niñas rememora, a partir de la perspectiva individual de Celia, su protagonista, la adolescencia de la directora, Pilar Palomero. Y si por un lado se recrea el alma atribulada y confusa de una muchacha en busca de valores permanentes, también se retrata, por el otro, mediante ilustrativos detalles, una sociedad donde todavía se perciben cicatrices de la mentalidad medieval, en una época cuando ganan terreno las discusiones abiertas sobre la igualdad de derechos, el cómo, el cuándo y los porqués de las relaciones sexuales, y hasta se celebran los placeres carnales, asumidos con responsabilidad, y capaces de afirmar la realización personal.

Las niñas es ópera prima de una madurez sorprendente. A elogiar el trabajo de cámara puesto en función no solo de escrutar los cuerpos anhelantes de las protagonistas, para develar avideces y frustraciones, sino para expresar, además, el punto de vista de la directora, dispuesta a sancionar el pasado y también propensa a reconocer la ternura que suscita el hecho de detenernos a tratar de comprenderlo, y de recordar la inocencia y los arrestos de aquellos años.

Muy joven e inexperta es también la coprotagonista de la excelente Ane, basada en hechos reales ocurridos en 2009, en el País Vasco. Pero el punto de vista se desplaza, en este caso, desde la adolescente rebelde hacia su madre, una mujer que trabaja como vigilante de seguridad en las obras del tren de alta velocidad, el proyecto que genera protestas sociales en las cuales participa su hija. Lidese levanta todos los días a preparar un desayuno para dos, pero pocas veces veremos a su hija, Ane, compartir la mesa con ella. Y cuando aparece, será para que todos comprendamos la distancia que las separa.

De este modo, la película reconcilia las urgentes efervescencias del cine social, con la tristeza íntima de una relación filial calamitosa, regida por diferencias quizá irreconciliables, de esas que generan incomunicación y soledad, además de la dolorosa pregunta relativa a si realmente la madre conoce a su hija. El también novel David Pérez Sañudo debuta en el largometraje con una producción rodada íntegramente en euskera y con actores y equipo del País Vasco. Y en términos formales, la película posee un fresco aire documental, aplicado a un relato parsimonioso, casi observacional, pero de alto interés dramático en tanto el espectador de cualquier edad puede identificarse con las búsquedas y anhelos de ambas mujeres, un mérito atribuible también a las muy naturales y convincentes actuaciones.

Sofisticada en lo visual, y atrevida en el argumento que propone un cuento legendario, capaz de endosarle matices feministas a una época de inquisición, Akelarre, se ambienta igualmente en el País Vasco, pero en 1609, cuando el juez Rostegui (Alex Brendemühl) limpia de «brujas» casi todo el territorio, y llega a una aldea de marineros, donde viven Ana y sus hermanas y amigas, jóvenes tejedoras que a veces van al bosque a cantar y bailar. Suficiente para que sea enviado un séquito de hombres armados a secuestrarlas y acusarlas de brujería. Una de ellas se acusa a sí misma, y comienza a inventar maleficios y rituales diabólicos, pensados para saciar la enfermiza imaginación de los inquisidores, y así retrasar la hora de la condena a la hoguera.

Dirigida por el argentino Pablo Agüero, Akelarre ganó cinco Goyas, por mejor música original, efectos especiales, dirección de arte, maquillaje-peluquería, y vestuario, un cúmulo de premios que avalan la belleza y eficacia de un espectáculo a medias entre la fantasía surrealista, celebrativa de lo lúdico y corporal (abundan las imágenes impactantes, pero vale recordar la inicial, con las impresionantes melenas, a lo Gorgona, desplegadas al viento) y la recreación detallada, aunque minimalista, de circunstancias reales, históricas, pues el guion se basa en las memorias del juez francés Pierre de Lancre. Así, el filme demuestra la posibilidad de hacer un cine histórico que eluda los gastos de la superproducción, en tanto su potencia cinematográfica se subordina  a la exaltación de ciertas ideas, como el poder de resistencia femenino, y la crítica decidida a una mentalidad machista ancestral.

Menos impresionantes que las tres antes mencionadas, pero también entretenidas y por lo menos amables, me resultaron Sentimental, la nueva propuesta del experimentado Cesc Gay, a partir de su debut teatral (Los vecinos de arriba) y Explota, explota, un musical desparpajado que significa el estreno de Nacho Álvarez y se desarrolla en la segunda mitad de los años 70.

Sentimental tiene que ver con la tradición de la comedia romántica, de asunto erótico (solo porque los personajes hablan muchísimo, más de la cuenta, sobre sexo) y nos presenta a un matrimonio aburrido cuya inercia se rompe con la llegada a su edificio de ruidosos vecinos. De la contraposición de estos cuatro personajes se realiza esta película asentada en las catarsis verbales, entre las cuales se destacan los sarcasmos de Julio (Javier Cámara, genial, como siempre) y el descaro de Salva (Alberto San Juan logró el Goya como mejor actor de reparto), dentro de un filme que garantiza excelentes diálogos y poderosas interpretaciones.

En Explota, explota, las canciones mayormente bailables de la diva italiana Raffaella Carrá se utilizan en una operación de reciclaje similar al que emprendieron con el repertorio de ABBA en Mamma Mia!, cercano también de la saludable remembranza que significó El otro lado de la cama (2002), de Emilio Martínez Lázaro, por citar un precedente típicamente español. Porque merecen de sobra una película de recordación aquellos programas de televisión estilo ¡Señoras y señores! o La Hora de Raffaella Carrá, que se convirtieron en hitos de audiencia, auténticos fenómenos culturales, en una España que intentaba sacudirse el pesado fardo de la censura franquista, y todos estos asuntos se asoman a una película que quiso ser todo el tiempo fluida y simpática, nada presumida ni rimbombante.

Desde ahora debemos aclarar que Raffaella aparece solo un instante, al final de Explota, explota, pero todo el metraje se dedica a celebrar la impronta de erotismo y liberalidad latente en canciones insertadas en la trama para arropar la historia de amor entre el hijo de un censor y una aspirante a corista. Debemos alertar que hay, por lo menos, un problema de casting, porque un musical, por muy humorístico que aspire a ser, requiere protagonistas capaces de cantar y bailar con cierta solvencia. Aquí, las viejas canciones son envueltas en un colorido contrastante, de sello almodovariano, para estimular al espectador con una visualidad tan festiva y ligera como cualquiera de aquellos recordados shows televisivos. Y así, Explota, explota emprende una operación de salvamento de una zona del pasado cultural muchas veces condenado al olvido a causa de la frivolidad o la simpleza que pareciera representar.

Después de apreciar esta significativa andanada de películas españolas, solo queda esperar por el arribo, sobre todo a través de la televisión, de otros dos títulos que remarcan la emergencia de las realizadoras españolas, puesto que en la misma edición de los Goyas que venimos comentando, también alcanzaron numerosas postulaciones los filmes dirigidos por Isabel Coixet (Nieva en Benidorm) e Icíar Bollaín, quien nos trajo la aplaudida Yuli, en 2018, y que ahora vuelve a convencer con La boda de Rosa. En cuanto las vea, prometo compartir el comentario.

(Tomado de Juventud Rebelde)